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Hispania Nostra incluye a petición del cronista de Murcia la histórica mansión Torre Guil en su Lista Roja

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Por Antonio Botías, en La Verdad

Y ahora resulta, tres décadas más tarde, que servidor no estaba loco. Muchos así lo afirmaban y, confesarlo debo, ya empezaba a darles cierta credibilidad. Pero no. Al menos, no tarado del todo, que eso será cuestión de tiempo.

Ahora resulta que cuando era un imberbe periodista -y no el académico resultón que soy, cuya belleza solo es superada por su humildad- no andaba descaminado al denunciar en este mismo diario que la última casa-torre del campo de Murcia se venía abajo. Les hablo de Torre Guil, que estaba y está, no sé por cuánto tiempo, en Sangonera la Verde.

Alguno esgrimirá (me encanta invocar este verbo) que, en realidad, pertenece a Sangonera la Seca. Pero eso es solo sobre el frío plano. Desde hace siglos, como prueban las hemerotecas, siempre se citó como una finca de la Verde. Por cercanía a esta pedanía.

torre guill 2
Foto de Antonio Botías

De igual forma, la cárcel que mal llamamos de Sangonera está más lejos de este pueblo que Mercamurcia, que, sin embargo, corresponde a El Palmar. Y, por cierto, el elegante cartel de hormigón con el nombre de Mercamurcia lo han tapado con un vinilo horroroso que da pena verlo.

Pero vamos a lo que vamos. Durante años, este diario denunció, a través de muchos artículos, que Torre Guil amenazaba ruina. Literalmente. El histórico edificio se caía. Y a mí me caía siempre la del pulpo, que el más sabroso en España es el murciano: bien cocido, golpe al horno, cortado en trozacos gordos, chorreón de limón, chispa pimienta, a pajera abierta, que no falte.

-Yo me acuerdo. Le decían aquello del tonto y la linde.

-Así fue. «La linde se acaba y el tonto sigue».

Y yo seguí. Hace una década, tras otra oleada de crónicas desesperadas, la propiedad retejó tan bella construcción. De otra forma se hubiera derrumbado en pocos meses. Gané una batalla, más no la victoria.

Y yo, sin linde bajo mis pies, seguí. En el último año, porque a los tontos por donde nos da, volví a denunciar en estas páginas que Torre Guil andaba al borde del abismo, que está muy bien recuperar esa insignificante Torre Falcón, tan mediática ella, que lo veo genial y tal y cual y Pascual… Pero su hermana mayor, la más espléndida mansión que conserva el municipio, se nos cae, se nos desploma cualquier día, pijo.

Y volvieron a decir algunos, echando espumarajos por la boca, que al tonto, un tanto avejentado y canoso pero aún interesante y humilde sin par, se le había acabado la linde y seguía. En fin, otros chupan candados.

Y ahora resulta, por acabar pronto que habrá que almorzar, que una organización de tanto prestigio como Hispania Nostra, cuya Lista Roja del Patrimonio hace enrojecer a muchos, ha tenido a bien incluir nuestra Torre Guil, como le solicité en noviembre del año pasado, en su catálogo de desdichas patrimoniales anunciadas. Hoy lo cuenta la colega Pepa García en un hermoso artículo.

Hispania Nostra, por cierto, no puede resumir con más acierto la razón de incorporar la casa-torre en su lista. Su equipo de expertos considera que Torre Guil constituye «uno de los últimos ejemplos representativos de las grandes casas torre agro-nobiliarias murcianas», construidas entre los siglos XVII y XVIII para combinar funciones de residencia señorial, defensa y explotación agrícola.

La institución añade que «fue el centro de una de las fincas más importantes de la huerta y el secano murciano, asociada a linajes históricos (los Guil, Estoup-Cayrón) y a un modelo de desarrollo agrario pionero en la mecanización del siglo XIX». Su almazara, bodegas y talleres fueron «referentes regionales, y su aceite llegó a obtener premios internacionales».

Con la boca llena, de pulpo a la murciana o de lo que se les antoje, pueden afirmarlo. Su aceite alcanzó gran prestigio: en el año 1888 obtuvo la Medalla de Oro en la Exposición Universal de Barcelona (1888) y se cotizaba a 14 pesetas la arroba, cifra muy superior a la del aceite andaluz en aquella época.

En términos patrimoniales, añade Hispania Nostra, el edificio aún es «un documento vivo de la transición del feudalismo rural al capitalismo agrícola murciano». Así las cosas, el tiempo ha puesto a cada uno en su linde. Porque, como dejó escrito Francis Bacon, plagiando a un romano que no viene al caso, «la verdad es hija del tiempo, no de la autoridad». Y es que, al final, la verdad es como el corcho: por mucho que se la intente hundir, siempre acaba saliendo a flote.

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