La devoción a la Virgen de la Fuensanta en Murcia rara vez transita por la neutralidad; se vive con la misma intensidad desbordada con la que se alza el trono en una tarde de septiembre o se recorre la huerta entre pétalos y vivas. Sin embargo, los últimos días han sacudido los cimientos de la cofradía y de la propia tradición con un episodio que trasciende con creces el ámbito meramente cofrade: el cese de Joaquín Vidal Coy como Cabo de Andas tras ocho años al frente de la dirección de la Patrona.

El debate actual no responde a un capricho estival ni a un simple relevo administrativo, sino al choque frontal entre dos maneras de entender la gestión del patrimonio emocional de los murcianos. Por un lado, el Cabildo de la Catedral y la Real Hermandad de Caballeros defienden una renovación orgánica amparada en los nuevos estatutos y en un Reglamento de Régimen Interno aprobado por la Asamblea, buscando dotar al paso de una mayor democracia participativa y estabilidad reglada. Por otro, se alza la voz de un sector —con el propio Vidal Coy a la cabeza— que denuncia una «caza de brujas» y apela a una legitimidad histórica y familiar inmemorial ligada a la salvaguarda de la imagen durante el siglo pasado.
Las páginas de esta crisis se han escrito tanto en los despachos eclesiásticos como a lo largo de los 56 días de la histórica peregrinación de la Morenica por las pedanías murcianas con motivo del Centenario de su Coronación. Mientras unos recuerdan con amargura episodios de tensión, prisas innecesarias o desencuentros con devotos y vecinos en los arcenes y plazas de la huerta, otros contraatacan advirtiendo de que la destitución, ejecutada a escasas fechas de la bajada de septiembre, responde a la voluntad de silenciar a una figura incómoda e independiente.
El conflicto ha rebasado los muros de la Diócesis con el anuncio de Vidal Coy de llevar su cese ante el tribunal eclesiástico, abriendo un frente judicial y canónico inédito que amenaza con ensombrecer los días grandes de la feria murciana. En el centro de esta tormenta dialéctica permanece ella, la Patrona, ajena a los litigios de despacho y a los pulseras de mando.
La Romería y la bajada de la Morenica no pueden ni deben convertirse en el escenario de una batalla de egos o de demostraciones de fuerza. La autoridad en las andas se gana con el temple, el pulso y el respeto absoluto al pueblo que aguarda con una flor en la mano, pero las instituciones también están obligadas a ejercer la concordia y la transparencia pedagógica para que nadie sienta que se le arrebata su trocito de historia devocional. Murcia necesita que el trono avance con la elegancia de siempre y que la única protagonista sobre los hombros de los estantes sea la Virgen de la Fuensanta.