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Extrarradios del olvido en Murcia

Extrarradios del olvido en Murcia

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Mientras el Ayuntamiento capitalino engrosa las estadísticas y presume de escaparate urbano, las pedanías de Murcia continúan soportando el castigo de la desatención institucional, condenadas al papel de meras comparsas fiscales

Una cosa es gobernar Murcia desde la plaza del Cardenal Belluga —con su retórica de grandes eventos, alardes de modernidad y planes estratégicos que acaparan titulares— y otra muy distinta, bien distinta, caminar por el asfalto cuarteado de una pedanía cualquiera un martes por la tarde. Basta con cruzar esa invisible frontera urbana para comprobar que el municipio de Murcia se divide desde hace décadas en dos categorías: los ciudadanos de pleno derecho y los contribuyentes bajo mínimos.

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Dejadez en la calle Mayor de El Palmar.

Las pedanías, que concentran a la inmensa mayoría de la población murciana, continúan soportando el castigo histórico de la desatención institucional. Son el granero demográfico y económico del municipio, el pulmón de nuestra huerta y el latido cotidiano de miles de familias. Sin embargo, a la hora de repartir los presupuestos, de adecentar viales, de asegurar servicios públicos dignos o de cuidar el patrimonio local, el Ayuntamiento suele aplicar una sutil miopía que se disfraza de contención de gasto pero que huele demasiado a abandono deliberado.

No es cuestión de siglas, sino de una inercia municipal perversa que convierte a los pueblos y diputaciones en meras colonias tributarias. Pagar, pagan todos religiosamente: el Impuesto de Bienes Inmuebles llega con puntualidad germánica a cada casa de Sangonera, de Aljucer, de El Palmar o de cualquier rincón de nuestra extensa red de pedanías. La reciprocidad en los servicios, en cambio, brilla por su ausencia. Las aceras rotas, la falta de iluminación en los caminos rurales, la escasez crónica de policías locales patrullando las calles o el lamentable estado de solares convertidos en escombreras forman parte de un paisaje cotidiano al que los sucesivos gobiernos municipales parecen haberse acostumbrado con alarmante comodidad.

Lo grave no es solo la precariedad material, sino la condescendencia con la que se trata a los alcaldes pedáneos y a los vecinos cuando levantan la voz para reclamar lo obvio. Se les despacha con buenas palabras en los plenos, con promesas de planes de dinamización que duermen el sueño de los justos en un cajón y con inversiones cosméticas que solo aparecen cuando se acercan las urnas. El resto del mandato, el silencio administrativo y la dejadez vuelven a adueñarse del territorio.

Murcia no será nunca una gran capital equilibrada si sus pedanías siguen sangrando población, infraestructuras y oportunidades. Un ayuntamiento que da la espalda a sus pueblos gobierna a espaldas de su propia identidad. Ya va siendo hora de que el consistorio baje de la tarima marmórea de la plaza y entienda que la ciudad la hacen grande tanto los que pasean por Trapería como los que madrugan en el bancal o en el polígono industrial de cualquier pedanía olvidada. Menos escaparate y más asfalto.

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